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Jutba De Las Pasiones

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Alhamdulilahi rabbil’Alamin, ar Rahmani ar Rahim, Al Yamal, Al Hayy, al Hakim. Assalamu aleikun:

 

Todos los seres creados nos movemos por un soplo divino que suscita en nosotros la necesidad y el deseo. Creados en la separación y en la polaridad, sólo somos un ansia de regresar a lo Único Real, con todo nuestro ser. En ese regreso de la conciencia dividida a su origen único se producen todas las formas de la vida, las infinitas posibilidades de Al Hayy, el Viviente. Allah Al Hakim, con toda Su Sabiduría, ha sembrado en nuestros corazones Su Recuerdo, para que nuestro regreso se produzca de la mejor manera posible. Ha sembrado Su ámana en nuestros corazones para que regresemos conscientemente a Él.

 

Alhamdulilah wa shukurillah, que quiere para nosotros el Islam, que procura nuestro suyud, y que hace que esa ámana Suya constituya el corazón de sus mu’minún. Mu’minún que no son otra cosa que siervos agradecidos, jalifas complacidos que soportan la dureza de su camino con el corazón entero y que gozan de la prueba al comprobar cómo se van purificando sus almas. La illaha illa Allah.

 

El nafs ammara, el yo imperativo, el mundo del puro deseo, el soplo informe de la energía divina se va convirtiendo así en nafs motma yanna, en alma sosegada, en un alma humana que va penetrando en el jardín de lo único con suavidad y casi sin darse cuenta, desapareciendo en esa transición irreversible. Nuestras mentes, creadas en el olvido, y regaladas con la ámana divina, sólo pueden regresar a la realidad siguiendo el camino de la realidad, atravesando poco a poco o súbitamente todos los velos que tejen los múltiples universos. Subhana Allah. Hay una vocación de verdad y justicia en los corazones de aquellos a quienes Allah ha abierto a la realidad por medio del Qur’án, y los ha situado en el camino recto. Y así nos lo recuerda:

 

"¡Oh Mu’minún! Sed firmes en establecer la justicia, dando testimonio de la verdad por Allah, aunque sea en contra vuestra o de vuestros padres y parientes. Tanto si la persona es rica o pobre, el derecho de Allah está por encima de los derechos de ambos. No sigáis, pues, vuestros propios deseos, no sea que os apar­téis de la justicia: porque si alteráis la verdad, u os evadís, ¡ciertamente, Allah está bien informado de todo cuanto hacéis!"

 

(Sura 4, An Nisa, aya 135)

 

Establecer la justicia es dar testimonio de la Revelación, del Qur’an, vivir de acuerdo a la verdad que surge en nuestros corazones cuando nos abrimos a la palabra divina, cuando el Qur’an nos sacude y nos reconduce al camino real. Establecer la justicia es promover el equilibrio, difundir el salam, realizarnos como musulmanes. Nuestra mente ha de enfocarse hacia la justicia, hacia la realidad, no dejarse seducir por la riqueza de alguien o por la falsa compasión hacia el pobre, si esto contradice aquello que Allah nos señala como realmente justo. Ni pariente, ni hermano, ni amigo ni enemigo. Este es el camino del mu’minún, la vía del shahid.

 

No se trata de eliminar nuestros deseos, sino de conducirlos hacia nuestro verdadero regreso, hacia la comprensión del sentido de nuestras vidas. Abrimos los ojos y miramos a nuestro alrededor. Nos duelen las dificultades de nuestros hermanos, nos alegran sus éxitos, y así vamos comprendiendo también el sentido de sus pruebas. Esto nos ayuda a comprender el significado de nuestra propia prueba. Porque unos y otros, en nuestra diferencia y especificidad, compartimos una sola naturaleza humana que está siendo creada para la adoración, para la conciencia de Allah al Wahid, para la Único. La illha illa Allah. Ese es el sentido profundo de la hermandad, más allá de cualquier sentimentalismo y de cualquier interpretación. El alma purificada ya no suspira ni llora sino que en silencio paladea la intimidad de Allah, Su cercanía indescriptible. La illaha illa Allah.

 

Y así sigue diciéndonos Allah en el Qur’an:

 

"Y manténte con paciencia al lado de aquellos que invocan a su Sustentador mañana y tarde, buscando Su faz, y no permitas que tus ojos pasen sobre ellos en busca de las galas de este mundo; y no prestes atención a aquel cuyo corazón hemos hecho negligente de Nuestro recuerdo porque ha seguido siempre sus deseos únicamente, abandonando todo cuanto es bueno y verdadero."

 

(Sura 18, al Kahf, la Cueva, aya 28)

 

La divinización del deseo es el extravío, porque el deseo es sólo un medio, una himma que nos conduce, como un alazán, en nuestro viaje, no un fin en sí mismo porque está vacío de toda realidad excepto de Allah. Si no somos capaces de sentir y recordar a Allah en Nuestro deseo, nuestros deseos serán realmente vanos, y nunca serán satisfechos, porque la satisfacción sólo puede dárnosla nuestro Sustentador y Creador, nuestro Rabb, que se sirve de la himma para que regresemos a Él con dignidad, de la mejor manera posible. El objeto de nuestra meditación se pierde en la distancia, pero cuando el deseo que sentimos de la Belleza es intenso y persistente, nuestra himma es capaz de encauzarlo hacia la conciencia, dirigirlo hacia la Única Realidad que somos capaces de vivir.

 

La himma es precisamente ese anhelo que sentimos del bien y de la belleza, el deseo intenso de alcanzar la unión que nuestra razón no nos procura. Y es la naturaleza divina de nuestra himma la que determina la naturaleza de nuestro pensamiento y de nuestra condición de mu’minún. Si nuestra himma se dirige hacia las formas nuestros sentidos encuentran un juego perfecto y armonioso cuyo sentido siempre se nos escapa, como aquellos caballos del profeta Suleimán, aleihi salem, que se perdían en la distancia, nada más que formas, colores y sonidos que no nos sacian nunca del todo, que no consiguen aplacar nuestro deseo de realidad.

 

Si nuestra himma se dirige hacia el interior de las formas, hacia sus significados, perdemos de vista el mundo y nuestro pensamiento se atrinchera en la imaginación, alienándonos de nuestra percepción del mundo, encarándonos con lo vacío. Es la ocupación dolorosa de quienes han sido alienados del amor y necesitan conocerlo, la forma que Allah tiene de probar nuestras humanas intenciones y resolver nuestras preguntas.

 

Allahumma: Protégenos del mal de lo que has creado y danos Tus Sabias y perfectas palabras.

 

AUDU BI KALIMATI ILLAHI ATAAMÁTI

 

MIN SHARRI MA JALAQ

 

(Me refugio en todas las Perfectas Palabras de Allah del mal de lo que Él ha creado.)

 

2.

 

¿Quién podría guiarnos fuera de la revelación? ¿Quién abre nuestros corazones a la verdad? ¿Quién los sella? La illaha illa Allah. ¿Quién nos hace hablar y callar? ¿Quién nos da la posibilidad de conocer y de vivir? ¿Quién tiene ese poder? El conocimiento que de verdad nos sirve es la háqiqa del siervo excelente, requiere nuestra extinción y nos procura la conciencia de que nada hay ni nadie sino Allah, de que todo está en su lugar en perfecta armonía:

 

"¡Pero si la verdad se ajustara a sus preferencias arbitrarias, los cielos y la tierra sin duda se habrían hundido en el caos, y todo cuanto vive en ellos habría perecido hace mucho! ¡Pero no; en esta escritura divina les hemos transmitido todo aquello que debieran tener presente: y de este recordatorio suyo se apartan despreocupados!"

 

(Sura 23, Al Mu’minún, aya 71)

 

Porque si el universo entero y, en especial, la vida humana, estuvieran tan faltos de sentido y de finalidad, evidentemente nada habría perdurado, y haría mucho tiempo que todo habría desaparecido en medio del más profundo caos. Si el mundo fuese como creemos, suponemos o imaginamos, no habríamos podido existir, jamás habríamos albergado el deseo.

 

El deseo es un regalo de Allah, una ámana Suya, un eco vivo de Su Ruh. Por tanto el deseo, incluso el deseo más primario no tiene más fuente que el espíritu, y nosotros, los seres humanos, tenemos la responsabilidad que constituye el regalo de la conciencia. Aceptarla, asumirla, es el propósito de nuestra creación y de nuestra existencia, la forma en que Allah ha trazado perfectamente nuestro camino de regreso hacia Él. El deseo es el motor maravilloso de nuestras vidas. Todo deseamos, queremos y anhelamos, pero tenemos la responsabilidad de reconocer cual es el fin de nuestro deseo, la meta a la que nos conduce nuestra himma.

 

"¡Oh Daud! Ciertamente, te hemos hecho profeta y, con ello, Nuestro jalifa en la tierra: juzga, pues, entre los hombres con justicia, y no sigas vanos deseos, no sea que te aparten del camino de Allah: ¡ciertamente, a quienes se apartan del camino de Allah les aguarda un severo castigo por haber olvidado el Día del Ajuste de Cuentas!"

 

(Sura 38, Sad, aya 26)

 

Así pues, es la justicia, la equidad y el equilibrio de nuestro juicio lo que purifica nuestros nafs y los va tornando divinos, sometidos, aniquilados, comprensivos y pacíficos. Alhamdulilah wa shukurillah. La belleza es un don que ansiamos. El placer es un regalo y lo buscamos. La justicia es el equilibrio de nuestro acontecer, y está expresada en esos límites que sabemos halal. Por eso el camino de lo halal es el camino de la justicia porque Allah no puede equivocarse al trazar Sus límites, sus formas, sus criaturas. Si alcanzamos la sinceridad, el ijlás, si aceptamos Su Sabiduría, la andanza por el camino de lo halal nos procura el salam. Reconociendo la enseñanza profunda en lo halal encontramos el verdadero objeto de todos nuestros deseos, Alhamdulilah wa shukurillah.

 

"Pero para aquel que haya temido la comparecencia ante su Sustentador, y haya refrenado su alma de los bajos deseos, ¡el paraíso será, ciertamente, su morada!"

 

(Sura 79 An Nasiya, Los que ascienden, ayat 40, 41)

 

La divinización del deseo es un extravío, porque el deseo no necesita que nosotros le atribuyamos realidad. Es realidad y realidad divina, es un soplo del Ruh de Allah, no un poder que surge de nosotros. La divinización del deseo mineraliza nuestros nafs, los convierte en un nido de shirk, en un mundo sufriente, siempre inconcluso y moribundo. Así pues el problema no es el mundo del deseo ni su naturaleza sino su divinización, la adoración humana del camino, la adoración del medio, el shirk que conduce a la infelicidad porque nos separa del verdadero objeto de nuestro deseo que no es otro que la realidad completa y única. La illaha illa Allah.

 

El conocimiento que nos sirve es la Háqiqa, que distingue sin dividir, sin catalogar ni limitar porque es en sí misma un límite, un barzaj. Encontramos sentido en nuestra meditación, en nuestro fikr, cuando nos damos cuenta de que es Allah y no nosotros quien crea todo pensamiento y provoca nuestro despertar, alhamdulilah. La ignorancia y la inconsciencia, en cambio, nos pertenecen por nuestra condición de criaturas, por la naturaleza de nuestra creación y por la promesa divina de nuestra resurrección.

 

La Háqiqa es un Rahim que late por todos sitios, una conciencia que nos está sosteniendo realmente en cada instante, que reconduce nuestras palabras desde el vacío hacia las formas y de las formas hacia su realidad creadora, hacia la experiencia del tawhid implícita en la visión del jalifa. La forma como vacío y el vacío como forma componen un dilema que sólo se resuelve mediante la ciencia del corazón, mediante la entrega sin reservas a la Realidad que se nos muestra como grande y única, por medio de la Háqiqa.

 

Allahumma: Tú eres mi Señor. No hay Dios sino Tú. En Ti me refugio y Tú eres el Señor del Inmenso Trono. Lo que Tú quieres es y lo que no quieres no es. Y no hay poder sino el de Allah, Altísimo, Inmenso. Y sabe que Allah es poderoso sobre todas las cosas y que Su conocimiento lo abarca todo. Oh Señor: Verdaderamente yo me refugio en Ti del mal de mí mismo y del mal fuera de mí mismo. Tú guíame hacia el camino recto.

 

ALLAHUMMA ANTA RABBI LA ILLAHA ILLA ANTA ALEIKA TAWAKALTU UA ÁNTA RABBIL ARSHI LADIN.

 

MASHA ALLAHU KÁNA UA MA ALÁN YASHÁ LAM IAKÚN.

 

UA LA JAULA UALA QUATA ILLA BILLAH AL’ALIL’ADIM.

 

ÁGLAMU AN ALLAHA ALA KUL LISHEI IN QADIR

 

UA ANNA ALLAHA

 

QAT AHATA BI KUL-LI SHEÍN ÍLMAN

 

ALLAHUMMA INNÍ AÚDU BIKA

 

MIN SHARRI NAFSI MIN SHARRI UA MIN SHARRI DA BATÍN

 

AÍNTA AHADABNA SAYADIHA AHUD BINA

 

SIITAHA INNA RABBI’ALA SIRATIN MUSTAQUIM

 

Sacado de webislamDOTcom

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