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Jutba De La Prueba Clara

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Nos asombramos de que, una vez más, Allah nos está dando forma, sacándonos del sueño a la conciencia. Una vez más que es como decir constantemente, sin pausa ni descanso. Allah no descansa nunca, no necesita descansar, es completo y único, sin pérdida ni ganancia ninguna. Nada le afecta en su completitud, nada en su creación está de más. Esa insistencia hacia nosotros, ese apoderamiento de nuestra conciencia la vivimos como una misericordia Suya porque no vislumbramos el fin de Sus horizontes. Él es Quien nos crea de un coágulo y de un embrión y Quien hace que esa vida informe se torne vida humana, es Él Quien nos enseña las palabras, el que crea a Muhámmad como el mejor de todos los seres humanos, como el digno de confianza a quien puede confiarse la revelación para el ser humano. Allah crea a Muhámmad para que tengamos la mejor referencia como seres humanos, para que podamos reflexionar sobre nuestra condición humana, para aprender a vivir en la Realidad Única como humanos. Allah nos regala, con Muhámmad, la paz sea con él, una conciencia clara y mantenida, una inclinación del corazón que nos devuelve a la realidad, como si hubiésemos estado dormidos mucho tiempo.

 

Allah hace con nosotros lo que Él quiere. Nos saca de las tinieblas a la luz y luego nos sumerge de nuevo entre las sombras, nos hace nadar entre el aire y el agua, entre lo alto y lo bajo, para que conozcamos los linderos de Su creación, que se extienden más allá de nuestra percepción, de nuestra imaginación y de la razón, alhamdulilah, ayudándonos así, con ese regreso, a recordarLe.

 

Esa persistencia de la Rahma, de la Compasión divina, nos lleva inevitablemente, antes o después, hacia la morada de la sinceridad, del ijlás. En el ijlás purificamos nuestra intención, nos enfrentamos a eso que sentimos como lo más bajo de nosotros mismos, y así Allah va abriendo en nosotros un ámbito divino, el lugar donde Él se manifiesta en toda Su Grandeza y Poder.

 

No hay acciones grandes ni pequeñas, "Las acciones son por su intención", nos dice el hadiz del profeta, la ,paz sea con él. Sin la sinceridad, sin el ijlás, no podemos purificar nada. Es necesario un acto de sinceridad, de realidad, una vuelta eficaz a la conciencia, a la vida concreta del silencio.

 

"Y sin embargo, no se les ordenó sino que adoraran a Dios, sinceros en su fe en Él solo, apartándose de todo lo falso; y que fueran constantes en la oración, y gastaran en limosnas: pues esta es una ley moral de probada solidez."

 

(Qur’án, Sura 98 Al Baiyina, La evidencia de la verdad, aya 5)

 

"sinceros en su fe en Él solo, apartándose de todo lo falso"

 

Nuestra Shahada se va purificando en el ijlás. Somos testigos de lo real, de aquello que en algún momento hemos tratado de evitar. Ahora vemos con el ojo de la realidad y no sentimos miedo. Es el ijlás, la sinceridad, que hace que se purifique nuestra intención, porque nos vemos a nosotros mismos en nuestra precariedad más escueta. La sinceridad llevada hacia lo profundo nos muestra la estupidez que supone tener miedo o deseo de las cosas perecederas, el ijlás nos enseña que lo real, lo verdaderamente significativo está muy cerca, accesible, y nos está invitando a participar constantemente.

 

¿Dónde estarían nuestros argumentos, nuestras palabras, si viviésemos constantemente vueltos hacia la realidad?

 

El mundo de todos los días, todos los mundos, discurren en la realidad ¿dónde si no iban a existir? Pero esos mundos están formados por los ecos y las huellas de la realidad. Esos mundos, cuando los vivimos como reales en sí mismos, por ser sólo unas cuantas huellas divinas, algunos de los Bellos Nombres de Allah, nos resultan insatisfactorios y nos confunden en la inconsciencia, porque no son sino aspectos, reflejos de una Sola Realidad que se oculta entre las palabras y a través de ellas vuelve a recordarnos.

 

Esos mundos de todos los tiempos son insistentes y diversos. En su diversidad cada mundo va reactualizando su forma, su diseño y su ley, desplegándolas como sus lenguas y colores hasta el agotamiento Luchamos por superar la rutina, la repetición, cuando en esa insistencia en la repetición hay un profundo sometimiento a lo real a nuestra condición de criaturas absolutamente desvalidas sin más Walí ni Wakil que Aquel que en este momento nos sustenta.

 

La sinceridad nos sirve en nuestro viaje porque nos lleva en la buena dirección, en el sendero del equilibrio. El conocimiento de nuestra verdadera condición nos prepara para asumir nuestra responsabilidad, nuestro ajlaq, que es aquello que se expresa en nuestra forma de vivir. Nuestros actos son por la intención. La mejor intención es volver, regresar a la conciencia, estar vivo y sin preguntas. La mejor intención es la que nos conduce a nuestra meta de la mejor manera posible, más veloz, más clara y luminosa.

 

El ijlás abre la puerta a la alegría. La sinceridad nos hace humildes porque vemos nuestra humanidad más universal, una precariedad que compartimos más o menos conscientemente casi toda la humanidad. La humildad nos une a la humanidad, y es en la humanidad donde brota el mensaje, donde se propaga como un río de luz y de sentido, aún sin hacer ni decir nada. Eso no depende de nosotros. Esa humildad dulcifica nuestro carácter. Esa humildad no tiene nada que ver con la debilidad sino precisamente con la fuerza. El mejoramiento de nuestro carácter es el mejor resultado de nuestro esfuerzo en la vía del sometimiento. Es la prueba de que hemos conseguido avanzar en ese camino. La illaha illa Allah, que nos hace ser testigos de nuestro vacío esencial y de la unicidad de lo real.

 

 

 

"no se les ordenó sino que adoraran a Dios, sinceros en su fe en Él solo, apartándose de todo lo falso."

 

Este es el mismo mensaje de Ibrahim, la paz sea con él, que nos transmitió la adoración sincera, y que era hanif, una palabra árabe que procede del verbo hanafa, que significa literalmente "él se inclinó" Se situó en la Realidad, desde la Realidad y hacia la Realidad. Cuando abrimos nuestra sinceridad ya nos inclinamos, ya reconocemos lo real, ya no somos tan importantes, sólo somos las sombras, la promesa de una resurrección. Sentimos vergüenza y nos inclinamos en la Omnipresencia. ¿Quién nos conoce mejor que Él? ¿Quién puede descender más allá de la oscuridad de nuestras almas y elevarlas en realidad y dignidad? Alhamdulilah wa shukurillah, que nos permite el olvido para poder regresar una vez y otra sin descanso. Alhamdulilah wa shukurillah que nos está regalando la realidad mediante una creación Suya de la que conoce hasta el más ínfimo rincón, iluminado con la Luz de las luces, que brota por todos lados, y nos el del oriente ni del occidente. Que no deja resquicio para ninguna sombra, alhamdulilah, que siembra la certeza en el corazón humano y hace que Su creación tenga sentido y perfección, signo que va alumbrando los pasos del humano peregrino espiritual.

 

En Él solo, en nadie más que en Allah.

 

Allahumma: incrementa nuestra sinceridad, acércanos a Muhámmad, a tu más clara y reciente revelación.

 

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El mensaje de Ibrahim está vivo en el mensaje de Muhámmad, la paz sea con ellos. El Qur’án que nos transmite Muhámmad nos ayuda a inclinarnos, a curvarnos, a flexibilizarnos. Un Qur’án que promueve en el corazón humano la sinceridad, el ijlás que nos devuelve la flexibilidad y la salud porque nos ayuda a acompasarnos con toda la creación, a reconocernos como agua, como luz, como seres curvados, que se inclinan, que se doblan como juncos movidos por el viento… Sin sinceridad, la risa es sólo una mueca, un gesto feo.

 

El valor de la sinceridad es acorde con el valor del testimonio y éste acorde al grado espiritual del peregrino. De Allah venimos y hacia Él regresamos. El ijlás apresura este regreso, nos acerca los horizontes, como prueba de la centralidad del corazón en esta vía que vamos desbrozando en el medio, alejándonos de cualquier extremo dogmático porque sabemos que nos enturbiaría.

 

La claridad del ijlás y su naturaleza creadora son como unas aguas transparentes para unos ojos cansados de mirar y no ver nada, una resurrección luminosa en lo más profundo del alma, una bocanada de aire fresco, música grata, limpias palabras, buenas miradas.

 

El ijlás surge cuando nos quitamos de en medio. Nos damos cuenta de que ninguna de nuestras acciones conseguirán sus objetivos más que por la Rahma de Allah y que estas acciones son según nuestra intención. Quedamos a solas con nuestras verdaderas intenciones, aquellas que sólo Allah conoce. Y Allah nos ayuda a purificarnos meditando en nuestras intenciones, conociéndonos a nosotros mismos según el grado de nuestra sinceridad.

 

La sinceridad fluye al mismo tiempo que el abandono confiado. El ijlás y el tawakkul caminan juntos. No hay verdadera sinceridad sin que al mismo tiempo esté la conciencia de Allah, la taqua, una conciencia que lo es de Su Poder, de Su Sabiduría y de Su Compasión. Un abandono confiado es la prueba de nuestra sinceridad, de que vivimos de acuerdo a nuestro din.

 

En el miedo, en la desconfianza y el recelo, tan presentes en los mundos que transitamos cada día, anidan los pájaros negros del olvido. Luego nos cuesta trabajo hacerlos desaparecer entre las ondas luminosas, pero es Allah y sólo Allah quien lo hace todo. Creer que hacemos algo resulta así presuntuoso y sin embargo vivimos en la acción, en la decisión entre los mundos, las ideas, los lugares, las orillas o lo que sean, entre silencios de vida, entre latidos de muerte, perdidos y regresados. No estemos tristes, las dificultades son la sal del camino cuando el paisaje se muestra tonto y aburrido.

 

 

Sacado de webislamDOTcom

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