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Andalusia

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07/01/2006 | Hashim Cabrera

 

Fuente: Webislam

Musulmanes andaluces celebran una fiesta.

 

En la vieja dialéctica entre el Imperio y la República, la extensión material e intelectual del primero supone siempre una merma de la sociedad civil, de sus derechos humanos esenciales, tanto en la Roma de los césares, como en la globalización neoliberal y financiera que hoy se nos impone. Esta pérdida de derechos va siempre asociada a la mera división de la ciudadanía en castas: legales e ilegales, laicos y creyentes, ricos y pobres, imponiéndose la exclusión como rasgo de esa sociedad que así va dejando de ser civil y ciudadana y va convirtiéndose en masa teledirigida o en multitud, según el análisis que, desde la izquierda europea, ha hecho Tony Negri. La sociedad castiza aparece así como contrafigura de la sociedad multicultural.

También, ante la xenofobia contemporánea —cuya expresión más cruda sería la eclosión de la Islamofobia en Europa y Estados Unidos— podemos legítimamente sospechar que éste tipo de rechazo hunde sus raíces en las propias contradicciones del pensamiento y de las culturas occidentales que, por una parte, quieren superar las lacras de un pasado atrasado, oscuro e irracional y, por otra, no pueden dejar de legitimarse invocando los mitos fundacionales de su propia identidad política y cultural. Es decir, que ese sentimiento de rechazo y de exclusión surge en unas sociedades que no han podido resolver equilibradamente sus necesidades de poder y de conocimiento.

 

En aquellos lugares de la geografía de la globalización donde las relaciones entre el mundo musulmán y el occidente cristiano y laico han sido especialmente vivas e intensas, como es el caso de España, esos problemas adquieren una dimensión y una lectura diferentes y reveladoras. En la sociedad española estas contradicciones son aún más evidentes, si tenemos en cuenta el caso especial que supone España en el conjunto de las naciones europeas debido a la profunda huella que el Islam ha dejado en la memoria y en el ser de los distintos pueblos que conforman el estado español. Hacer un análisis detallado de la Islamofobia emergente en la España contemporánea podría explicar en buena medida los mecanismos que hacen posible la extensión de un problema sociocultural y político tan relevante y comprometido.

 

Releyendo la Historia de España, esa historia consensuada y aceptada desde la fundación del estado español hace cinco siglos, observando las sucesivas descripciones e interpretaciones de unos hechos que se tienen por ciertos e inamovibles, advertimos en seguida esa paradoja o contradicción fundacional como caldo de cultivo de la Islamofobia.

 

En los libros de texto de los escolares, en el discurso de los medios de comunicación, prevalecen muchas de esas ideas hechas o estereotipos, que sirven para dotar de una identidad nacional impuesta a una serie de pueblos y culturas que sobreviven bajo el paraguas protector y fiscalizador del estado, escritor así de la historia.

 

Hace poco, un musulmán me expresaba su sorpresa ante los contenidos de los libros escolares de su hija, estudiante de Secundaria en Barcelona. No podía creer que en la escuela pública española se afirmasen cosas como que "la doctrina islámica fue compilada por los discípulos de Mahoma en un libro, el Corán, que impone cinco obligaciones: la oración cinco veces al día, la caridad y la hospitalidad al necesitado, el ayuno durante el mes sagrado de Ramadán, la peregrinación a la Meca una vez en la vida y la guerra santa, que obliga a luchar contra los infieles para defender el Islam. La guerra santa fue el medio por el cual se extendió el Islam."

 

El sorprendido padre no comprendía cómo habían cambiado la esencia de su forma de vida, la unicidad, la shahada, que es el primer y más esencial pilar islámico, por la guerra santa, que es un concepto ajeno al Islam. No podía entender por qué la historia se cuenta "oficialmente" de esta manera aquí y ahora, en un país que dice estar construyendo un estado plural, laico y neutral y una sociedad multicultural.

 

Y es que, normalmente, la narración no convence a todos. Surgen diferentes interpretaciones según sea el pueblo, la comunidad o el tiempo de que se trate. En el caso del estado español, las diferentes nacionalidades invocan lecturas también distintas de ese pasado y surgen frecuentemente las disensiones en torno al modelo de estado y de sociedad, a la definición misma de ese estado y, por supuesto, también en cuanto a la lectura de ese mismo pasado histórico.

 

Pero, junto a esas visiones que han sobrevivido hasta hoy como diferentes, la identidad española ha sido definida durante siglos en torno a ideas profundamente racistas y castizas como son las de "reconquista" ó "pureza de sangre", pureza étnico-confesional en definitiva, ideas que llevaron a la hoguera a miles de personas por el sólo hecho de pertenecer a culturas y pueblos con creencias diferentes a aquellas que imponía o proponía el poder político.

 

Esta naturaleza castiza de la identidad nacional española, que ha sido analizada en profundidad por historiadores como Américo Castro o Ignacio Olagüe, no ha sido, por el contrario, bien asimilada y comprendida ni por la sociedad ni por la clase intelectual española en su conjunto, en la medida en que debieran serlo unos análisis que explican bastante bien muchas de las contradicciones de nuestra vida contemporánea y nos ayudarían seguramente a ampliar nuestra capacidad cultural e intelectual, porque nos facilitan un contenido y una acción críticos, autocríticos, y nos permiten abordar el problema con una cierta garantía de objetividad y de resultados en forma de conclusiones válidas en nuestra experiencia contemporánea como ciudadanos.

 

No se valoran suficientemente esos hechos constitutivos de nuestra identidad, y mucho menos en su dimensión positiva, como referencia clara del empobrecimiento que conlleva la pérdida de la diversidad, la abolición forzosa de las culturas, de las formas de pensar de individuos y pueblos en las sociedades que aún consideramos tradicionales. Por el contrario, las fuerzas más conservadoras del espectro político español, han hecho de estas lecturas excluyentes y xenófobas un dogma político que vertebra su discurso confrontador, que justifica precisamente toda esa historia de abolición de las culturas.

 

También lo paradójico alcanza a las preguntas que nos suscita esa misma historia ¿Tal vez no la conocemos bien y estamos actualizando algunos episodios especialmente desafortunados de nuestra biografía colectiva? O, también ¿Somos tan conscientes de esa historia traumática que nos aterra asumir de nuevo la diversidad, la mera posibilidad de una sociedad multicultural, de revivir de nuevo la persecución y el genocidio? En este último caso, más que conciencia sería un reflejo condicionado, el miedo atávico a reconocer lo diferente, a ser señalado como distinto porque durante siglos ese reconocimiento suponía ser arrojado a la hoguera o a los leones.

 

En cualquier caso, algunos musulmanes y musulmanas que han nacido y crecido en Andalucía sienten una cierta decepción y tristeza al comprobar con qué frivolidad se utiliza la historia, con qué ignorancia se usa el nombre del Islam y de los musulmanes como marca en el mercado contemporáneo de las ideas. Han hablado de ello alguna vez. Sus padres y abuelos no eran diferentes del resto de sus conciudadanos, ni racial, ni culturalmente hablando. Han vivido y ahora están viviendo en una sociedad y una cultura que han sido construidas, en buena medida, en la homogeneización y el mestizaje forzosos, son parte de un pueblo que está accediendo a la democracia y a las libertades públicas tras siglos de pensamiento único y monopolio confesional prácticamente ininterrumpido. Todo eso es cierto, pero hay algo más.

 

Está el hecho de que muchos musulmanes y musulmanas andaluces están descubriendo en el Islam una forma de vida que da sentido y continuidad a casi todas las experiencias vividas previamente al hecho y al momento de su reconocimiento como musulmanes, de eso que a veces se denomina conversión. En muchos casos han encontrado en el Islam algo muy suyo, una forma de vida que les resulta conocida y propia, que tiene que ver tanto con su condición interior como con su memoria. Están asumiendo una actitud ante la realidad que les permite acceder a la contemporaneidad con un conocimiento más claro y directo de su pasado.

 

Cuando, hace ya unos años, los musulmanes andaluces oían hablar públicamente de los logros que la cultura andalusí había aportado al conjunto de los pueblos de occidente, a su misma idea de civilización, y oyeron por primera vez el concepto de ‘legado’, llegaron a imaginar que sus vidas como musulmanes en la Andalucía contemporánea se vería favorecida y amparada por esa historia y por ese pasado de convivencia, conocimiento y sentido existenciales. Ahora, tres décadas más tarde, se encuentran viviendo en un mundo atravesado por una oscura marea de aculturización, un mundo donde esa memoria cultural y espiritual, las más de las veces sólo tiene un mero valor de cambio, un valor de mercado, sin contenidos actuales, transformantes. En el peor de los casos, esa memoria aparece revestida de razones hoy injustificables.

 

Algunas veces los nuevos musulmanes incluso han llegado a percibir una clara reserva por parte de sus conciudadanos, un claro extrañamiento en ciertos casos. Y otras han sentido la necesidad vital de comprender esas actitudes que les resultaban inéditas. El conocimiento de la historia les ha ayudado a ello en muchas ocasiones. La historia, leída a cierta distancia, puede mostrarnos algunas de las raíces de ese extrañamiento, de esa perplejidad no exenta de juicios morales y culturales.

 

Tal vez algunos andaluces alberguen un temor inconsciente —profundamente inculcado por los sucesivos genocidios e inquisiciones e incorporado al repertorio de nuestros automatismos socioculturales— a reconocer en sí mismos la realidad viva de ese legado y de esa historia, sobre todo ahora que el Islam y los musulmanes han sido puestos en el punto de mira de la atención global, demonizados como responsables últimos del terror que hoy amenaza a la humanidad.

Quizás en otros el temor sea consecuencia de la propaganda conservadora y anteislámica, miedo a sentirse parte de esta forma de vida, a actualizar sus valores culturales, porque piense que ello conllevaría compartir el destino de unas culturas que están desfasadas y condenadas irremisiblemente a la desaparición, como ocurrió precisamente en los albores fundacionales del estado español tras la destrucción de Al Ándalus.

 

Tal vez el andaluz, como decía el profesor Ali Kettani, que Allah le haya acogido, tenga dentro de sí, como una parte de su identidad contemporánea, la memoria de su propia derrota como pueblo. Es posible que actúe aquí, paradójica pero comprensiblemente, esa idea de derrota de las culturas, de choque de civilizaciones, de modernidad como superación de la diversidad cultural, tal y como se considera habitualmente en la mayoría de los libros divulgativos sobre Historia de España. La Edad Moderna comienza, en España, según los libros de historia oficialmente aceptados, expurgados y purificados, con la fundación del Estado por los reyes católicos, un Estado que abole la sociedad multiétnica, multicultural y multirreligiosa que hasta ese momento había existido.

 

Hay algo de visceralidad e inconsciencia en estas actitudes, algo somático, que tiene que ver con una fisiología afectada, modificada, condicionada por siglos de mentalidad inquisitorial y por varias décadas de medios de comunicación de masas imbuidos de contenidos excluyentes y confrontadores. Tal vez otras de estas actitudes tengan que ver también con el síndrome de la necesidad de asepsia en un mundo polucionado, con el miedo a ser contaminados por un pensamiento y unas formas de vivir que se presuponen antiguas o en trance de desaparición, que sólo tienen valor de cambio cuando se convierten en iconos, en el mercado de las ideas. Porque ha de haber razones que expliquen esa distancia que a veces surge en las vidas de algunos musulmanes y musulmanas andaluces, esa tendencia al extrañamiento de unos ciudadanos que, antes de su reconocimiento como musulmanes, no habían sufrido esta experiencia de exclusión.

 

Otro factor que refuerza la tendencia al extrañamiento contemporáneo del Islam y de los musulmanes reside en una rígida y errónea idea de la laicidad, en un laicismo "beligerante con las religiones", basado en el discurso que Bernard Lewis y su discípulo Samuel Huntington han construido sobre la identidad de la civilización moderna occidental. Este alineamiento del paradigma laico y republicano con la más rancia doctrina neoconservadora e imperialista, en materia cultural y social, no nos ayuda a comprender bien la cuestión, porque entonces el discurso del poder aparece en los medios de comunicación completamente pactado y consensuado, sin posibilidad de ampliación y contestación crítica. Advertimos en todos estos alineamientos una regresión del pensamiento, una rendición sin condiciones al limitante paradigma de la eficiencia.

 

A veces tenemos la sensación de que nuestra relación con la cultura que vivimos es muy asimétrica. En la conciencia de esta asimetría reside precisamente la certeza de que la historia no ha terminado aún, de que es necesario escribir aún unos cuantos capítulos que cierren de buena y civilizada manera un frustrante e inacabado proyecto de sociedad y de cultura. Pero ¿cómo deshacer los velos de lo imaginario, aquello que proyectamos en el otro si no nos encontramos con él? ¿Cómo enfrentar la realidad de una sociedad y de una cultura crecientemente multiculturales si sólo miramos en una dirección, en aquella que señala el pragmatismo como única referencia existencial, si sólo podemos considerar como acertada una política cultural pragmática, acorde a los dictados de la única y arrogante política global, si sólo damos cabida a una inteligencia y a un pensamiento exclusivos?

 

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